¿Qué sucede?, la lluvia no moja las calles, el viento no toca las hojas de los arboles, los campos no respiran, el sol no quema…
Camino mirando los cuerpos que avanzan siempre mirando bajo, comiendo palabras, consumiendo proyecciones. Fabiola, amiga que vive creyendo en la vida común y simple, camina a mi lado escupiendo palabras. No la escucho, al menos no cómo las reglas morales lo indican; habla de cosas triviales de la vida -desamores, pasiones, futuro, pasado, criticas al mundo-, ensimismada, cree tener el poder de su cuerpo y mente.
No entiende que la vida, continua pero estática, trivial y completa, es lo suficiente para estar a gusto. Para mí, sólo a gusto. La felicidad y la tristeza son complementos solamente, complementos de la mente que trabaja sobre un cuerpo: la mente es el jefe, los sentidos su fábrica y el hombre completo su esclavo.
Miro a los lados, ni siquiera yo vivo siendo capaz de mezclarme con el mundo. Ajeno a mi, éste actúa por sus propios medios, siendo todo y a la vez nada para el individuo ciego.
La quiero, realmente lo hago, es un sentimiento ajeno a mí: ella lo provoca, mi mente lo traduce. Me gusta su compañía, porque con su ceguera no mira los defectos reales (ni aún los suyos). La quiero por su simplicidad de niña, que me ayuda a verlo todo con ojos creativos y menos dramáticos. Realmente la amo como amo a todo. -Y es que todo tiene la cualidad de humano ¿te has dado cuenta?- le he dicho mientras mirábamos el danzar de las hojas que caían sobre el suelo otoñal.
Fabiola se ha puesto a danzar junto a ellas, y yo la sigo con la mirada y una melodía suave que sale de mi cuerpo entero por medio de mis cuerdas vocales -esas que siempre han vuelto mi vida, junto a mis manos, un eterno compartir-. Ella y yo vivimos libres de la parte obscura del mundo, estando conscientes de lo hermosa que es la noche.
El mundo predecible y vano pasa a nuestro lado, y nosotras lo convertimos en un eterno baile.

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